martes, 5 de septiembre de 2017

La Matanza de Lo Cañas
















El Bosque Panul ha sido el escenario de muchos lamentables hechos de violencia, la tragedia de algún modo es parte de la historia de este bosque precordillerano. Sin embargo, no hay hecho más violento en su historia que el de la matanza ocurrida en Lo Cañas y Panul el 19 y 20 de Agosto de 1891. En un contexto de Guerra Civil, no es la historia política de lo sucedido lo que aquí queremos contarles, para eso ya hay muchos artículos que relatan las causas y consecuencias de los hechos. No pretendemos tomar postura ni bando más que el de recuperar el recuerdo perdido de la masacre, contándoles en detalle, por cruentos que sean, los hechos que mal contados han sido con anterioridad.

El Contexto

Como ya mencionamos, no queremos ahondar mucho en lo político, ya que para ello hay muchas otras fuentes que lo retratan con mayor claridad y con distintas interpretaciones, sin embargo para entender los hechos acontecidos en Lo Cañas y Panul es necesario tener algunos antecedentes:

Corría el año 1891 y habría de estallar una Guerra Civil en Chile. Los soldados que habían luchado juntos hace algunos pocos años en la Guerra del Pacifico en contra de Perú y Bolivia, ahora se enfrentarían para defender dos bandos irreconciliables en una dividida y colapsada nación.

El Presidente de Chile era en ese entonces José Manuel Balmaceda, representante del Partido Liberal en Chile. Durante los últimos cinco años en su mandato se había esforzado por modernizar el país, intentando transformarlo en un ente económico activo a través del desarrollo de la industria nacional pero también con el fomento de las obras públicas, como la construcción de puentes y caminos, y la extensión del ferrocarril, entre otras. Sin embargo, todo este progreso era mal visto por su oposición, los Conservadores, quienes consideraban que el presidente estaba despilfarrando el dinero de la Nación.
José Manuel Balmaceda, Presidente de Chile entre 1886 y 1891.
Los Conservadores, que eran mayoría en el Congreso, comenzaron a tomar medidas para impedir que los dictámenes de Balmaceda se hicieran efectivos, mientras que al mismo tiempo Balmaceda iba dándole más importancia y poder al Presidencialismo, tomando cada vez más medidas sin la aprobación del Congreso. Balmaceda cierra los tribunales, clausura a los medios de oposición, pone fin a la libertad de reunión y encarcela a los opositores. La gota que rebalsó el vaso fue cuando el Legislativo no quiso aprobar el Presupuesto para el año 1891, por lo que a través de un decreto Balmaceda hace que se le asigne el presupuesto del año anterior, vale decir, que la Ley de Presupuestos de 1890 rigiera para 1891. Esto llevó a que la oposición congresista considerase a Balmaceda un Dictador y el 6 de Enero de 1891 deciden trasladar el Congreso a Iquique. Se organiza una Junta de Gobierno, la “Junta Revolucionaria” contando con el apoyo de la Armada. Se desata la Guerra Civil.

Previo a la Noche Triste

Mientras la Junta Revolucionaria tomaba el control del norte del país, era necesario para su objetivo desestabilizar la zona centro para poder tomar la capital, por lo que se crearon distintos Comités Revolucionarios, confabulados con los Constitucionalistas del Norte. El Comité de Santiago tenía como fin conspirar para atentar contra las vías de comunicación como puentes, túneles y telégrafos, para así dejar inconexos a los ejércitos balmacedistas.

Es así como el 12 de Julio es capturado y fusilado en el acto el empresario industrial y comerciante Ricardo Cumming en el intento de destruir las Torpederas que aún controlan los presidencialistas en Valparaíso. Este hecho revelaría a los Gobiernistas las intenciones del bando contrario. Ante esto el 10 de Agosto, teniendo claro el Gobierno que el objetivo de los revolucionarios serían las vías de comunicación, se publica en el Diario Oficial un decreto en el que se establecía pena de muerte para quienes atenten contra ferrocarriles, puentes, túneles y telégrafos. Según se contaba en la época, fue el propio Balmaceda quien textualmente mandaba a “dar bala a todo aquel que se acerque al puente sin permiso”.

Pese a esta amenaza, los Revolucionarios están decididos a derrocar al gobierno de Balmaceda y numerosos ataques se presentan. El 13 de Agosto se encontró una maleta con dinamita y la mecha apagada en el túnel San Pedro, intento de atentado que no funcionó. Ese mismo día por la tarde, el sargento mayor en retiro, Juan Ramón Aguirre, junto a un grupo de hombres, dinamita el puente sobre el río Rabuco entre Santiago y Valparaíso, pero sin éxito quedando casi intacto. Al día siguiente, el 14 de Agosto, veinte jóvenes liderados por el ex capitán Alberto Chaparro y el ingeniero Benjamín Vivanco realizan un ataque a la guardia del puente Quilipín, en las cercanías de Putagán. En el ataque muere un cabo y varios soldados quedaron heridos. De los atacantes, cuatro inquilinos son capturados, juzgados en el lugar por un Consejo de Guerra y finalmente fusilados.

Estos hechos dan cuenta de la disposición del gobierno en cumplir el decreto de pena de muerte, por lo que quien osara a atentar contra los puentes y telégrafos ya sabían de la suerte que podían correr. También se puede apreciar que los días previos a la Matanza de Lo Cañas ya se había comenzado con el intento de volar los puentes. Como los Congresistas tenían de aliado a la Armada, el plan era desembarcar el ejército revolucionario en la costa central y para ello debían impedir que el ejército balmacedista llegara desde el sur. 

El llamado a la Montonera

Luego de varios intentos fallidos y con el ejército revolucionario en camino, era muy necesario para los Congresistas concretar la destrucción de los puentes, ya que esto impediría que las divisiones de Santiago y Valparaíso se reunieran con la de Concepción, lo que aumentaría las fuerzas Gobiernistas a unos 26.000 o 30.000 hombres. Debido a esto, el Comité de Santiago realizó un llamamiento de ayuda a sus miembros y simpatizantes. 

El 15 de Agosto un grupo de jóvenes se dirigió a Mallarauco, donde estarían en observación del movimiento cercano a los puentes que cruzan el Río Maipo y en la espera de órdenes. Se percataron que existía poca guardia e informaron la situación a Carlos Walker Martínez, diputado conservador y líder del Comité Revolucionario. Al enterarse los miembros del comité que había poca guardia custodiando los puentes, decidieron realizar un llamado a sus simpatizantes. El día Domingo 16 de Agosto se encontraba Ernesto Bianchi Tupper en la casa de Francisco Undurraga confabulando algún plan junto a más simpatizantes de los Congresistas, allí Julio Lazo le comenta que necesita entre quince y veinte hombres para una comisión, a lo que es interrumpido por Arturo Undurraga, el único de aquella reunión que tenía contacto directo con el Comité Revolucionario de Santiago, quien pidió que reunieran la mayor cantidad de hombres posibles. Había recibido órdenes directas de Carlos Walker, de cortar el puente del Río Maipo la noche del 19 de Agosto y si era posible el puente de Angostura del estero de Paine. Arturo Undurraga comentó la importancia de esta tarea que se le encomendaba, pues pensaban que peligraba todo si no se realizaba y alzó el llamado a todo joven que no tuviera una tarea para que se sumase a esta.

Puente del Río Maipo. Fotografía de Eugène Maunoury de 1880.
El llamado fue contestado rápidamente, poniéndose los jóvenes inmediatamente en acción, muchos de estos desconociendo el gran riesgo que corrían y el nefasto resultado de los intentos anteriores. Los presentes en aquella reunión se dirigirían cada uno en búsqueda de más voluntarios y los ya reunidos en Mallarauco recibieron órdenes de trasladarse. El nuevo punto de reunión sería el Fundo de Lo Cañas.

La Reunión en Lo Cañas

El Fundo de Lo Cañas, que pertenecía a Arturo Cañas Vicuña, había sido adquirido hace algunos años por el diputado del Partido Conservador, don Carlos Walker Martínez, el líder del Comité Revolucionario de Santiago y un acérrimo enemigo de Balmaceda. El fundo había sido elegido por su remota ubicación en los faldeos cordilleranos, a unas 3 o 4 leguas de Santiago y cercano al Puente del Maipo. Considerando la fama antibalmacedista de Walker Martínez, no se podría tomar como una decisión inteligente reunir a una montonera golpista en un lugar así, sin embargo para los revolucionarios parecía ideal.
Carlos Walker Martinez, diputado conservador y dueño del fundo Lo Cañas.
Esta mala decisión la entendió muy bien don Wenceslao Aránguiz, amigo de Carlos Walker y administrador del Fundo de Lo Cañas. El mismo día del llamamiento, el 16 de Agosto, Ismael Zamudio y Carlos Flores, dos jóvenes que estuvieron presentes en la reunión en la casa de los Undurraga, llegaron raudos al Fundo Lo Cañas en busca de caballos para formar la montonera. Aránguiz, sin tener conocimiento de los planes del Comité y entendiendo que era una mala idea reunirse ahí les dijo:

“No seáis locos. ¿Tenéis organización? ¿Contáis con un jefe experto que os guíe? ¿O creéis cosa mui sencilla esto de formar montoneras en medio de un país lleno de enemigos? Sabed que misión como esa sólo se encarga á soldados aguerridos i serenos, acostumbrados á hacer la guerra de ese modo. ¿Habéis vosotros disparado un rifle jamás? ¿Sabéis desplegaros en guerrilla? ¡Oh! Nó, no me haré cómplice de una barbaridad, proporcionándolos cabalgaduras.”

Los adolescentes se devolvieron a Santiago de mala gana, y Aránguiz supo recién ahí que el fundo que administraba sería el punto de reunión, lo cual lo puso inquieto ya que sabía que la mera presencia de los jóvenes en los caminos públicos ya sería sospechosa y alertaría al ejército, llevando la noticia a la Moneda.

Wenceslao Aranguiz Vargas, Administrador del Fundo Lo Cañas y amigo personal de Carlos Walker Martinez.
Desde el 17 de Agosto, comenzaron a llegar a Lo Cañas grupos de jóvenes, aristócratas de las familias más acomodadas de Santiago, que no promediaban más de veinte años. También se sumaron artesanos simpatizantes de la causa anti balmacedista. Se les instruyó acudir en grupos pequeños y evitar los caminos principales, viajando por pequeños senderos y caminos ocultos o poco frecuentados. Se hablaba de 84 personas, entre jóvenes y artesanos, los que acudieron al llamado, aunque se estima que pudieron ser más de cien.

Reunido ya un gran contingente en Lo Cañas, Wenceslao Aránguiz les indicó que el mejor lugar para reunirse sería las casitas de Panul, un lugar dentro del fundo pero lejano de las casas principales de Lo Cañas. A más o menos una legua de distancia, parecía ser ideal por estar alejado, en el faldeo de la cordillera, rodeado de cercados y matorrales y próxima a una colina de donde se podía vigilar el llano hacia el poniente. Los dirigió al lugar y les suministró mantas y frazadas para que pasaran la noche, y luego volvió a las casas de Lo Cañas.

Preparando el Ataque

El día 18 de Agosto ya debía estar toda la montonera reunida en Panul. Mientras esperaban la llegada de los últimos voluntarios, comenzaron a organizarse militarmente para el ataque que debían efectuar esa noche.

A cargo y reconocido como jefe estaría el señor Arturo Undurraga. Además dividieron el pelotón en cuatro compañías, las cuales al mando estaría Rodrigo Donoso, Eduardo Silva, Ernesto Bianchi y Antonio Poupin, respectivamente. La Guardia Nocturna comenzaría a las ocho de la noche y debía turnarse cada dos horas y participaría la compañía entera, ubicándose en las casas de Lo Cañas, mientras en Panul se organizaban o dormían. También mandaron avanzadas a algunos puntos a reconocer las rutas y fijaron centinelas en otros puntos. 

Pese a la gran importancia que el ataque suponía para la Revolución, los montoneros no contaban con armamento suficiente para el propósito que tenían, ni mucho menos para enfrentar lo que ocurriría más tarde. La gran mayoría portaba Revólvers pero no todos tenían tiros. Además contaban con unas quince o veinte Carabinas Remington y Rifles, además de dinamita y mecha.

A las 11 de la noche, una alarma pondría a prueba el sistema de vigilancia. Al toque de corneta, raudamente montaron sus caballos y se retiraron sendero arriba hacia la colina de Panul donde podrían observar a las fuerzas enemigas aproximarse. Sin embargo sería una falsa alarma pues se trataba de más aliados que se sumarían a la montonera. Aprovechando el impulso, varios jóvenes se dirigieron a las casas del fundo para esperar a los últimos grupos que estarían por llegar, mientras otro grupo emprendió la marcha a las haciendas cercanas al puente del Maipo.

A las 2 de la mañana ya del 19 de Agosto, llegarían varios artesanos al mando de Santiago Bobadilla. A ese entonces ya estaba la última compañía realizando la guardia, ya que a las 4 de la mañana debería efectuarse el ataque.

A eso de las 3 y media de la mañana, una avanzada, que venía de la observación del puente del Maipo, llegó a Lo Cañas a rápido andar ya que fuerzas enemigas se dirigían al lugar. Sin bajarse del caballo les advirtió: 

“Dispersión en el acto. Viene tropa de caballería sobre la casa de Lo Cañas.”

La misión debía cancelarse, pero lejos de arrancar inmediatamente, los jóvenes comenzaron a discutir si era real la advertencia o no, recordando la falsa alarma de hace algunas horas. Convencidos por el jinete, ahora comenzaron a discutir si debían retirarse o no. No pasaron ni 10 minutos cuando las fuerzas balmacedistas llegaron al lugar.

El Ejército Gobiernista

Como ya lo presagiaba Wenceslao Aránguiz, no era difícil que el gobierno se enterara del ataque y la reunión de la montonera, ya que se habían reunido en propiedad de ni más ni menos que Carlos Walker Martinez, principal opositor de Balmaceda en el Congreso, lo cual ya era sospechoso y fácil de descubrir para un espía oficial. Sin embargo, cuenta la historia que fue un delator el que dio aviso al Ejército Balmacedista de la reunión convocada, con lujo de detalle de los planes. Además, para llevar a cabo la estrategia planteada por los soldados, debió ser necesario un baqueano que los guiara por los desconocidos senderos de Lo Cañas y Panul. 

Aparentemente los miembros del Comité Revolucionario sí se enteraron finalmente de quienes habían cometido la delación, y como informaron a los diarios, éste ya había “pagado con su vida”, sin embargo nunca quisieron dar los nombres, ni tampoco se sabe si fueron muertos en la matanza o posteriormente ajusticiados por ellos. Ya sea por un traidor congresista o por la inteligencia y espías del gobierno, el ejército se enteró del complot.

El Ejército Balmacedista estaba al mando del Comandante General de Armas del Ejército Chileno, Orozimbo Barbosa, el más despiadado y sanguinario militar que existiese en ese entonces. Fue él quien ordenó el ataque en Lo Cañas y lo dirigió atento desde Santiago. Al mando del ataque puso al Comandante Alejo San Martín, otro sádico demente. El destacamento de San Martín estaba compuesto por noventa hombres de caballería y cuarenta de infantería.

Orozimbo Barbosa Puga, Comandante General de Armas del Ejército Chileno.
Gracias a los baqueanos, el Ejercito Oficial logró rodear completamente a los complotados de Lo Cañas. Mientras el piquete de infantería del “8º de Línea” se dirigirían frontalmente al ataque, los “Húsares de Colchagua” debían cortar la retirada por el sur, y los “Cazadores del Desierto” cortar por el Norte. Al ataque se les sumó la Policía Rural y la Policía Secreta, y un destacamento de Artillería.

Sabiendo que el ataque al puente se llevaría a cabo a las 4 de la mañana del miércoles 19, el destacamento partió desde Santiago a las 2 de la mañana, a tiempo justo para llegar minutos antes de que partieran, cuando estuvieran todos reunidos. A las 3 y media de la mañana, con los destacamentos en posición, arremeten contra los conspiradores en el Fundo de Lo Cañas.

Comienza la Hecatombe

Empieza a avanzar la infantería por el camino principal hacia las casas de Lo Cañas, descargando sus fusiles con ráfagas de balas que impactarían en los muros y ventanas. El señor Ignacio Fuenzalida fue el primero que alcanzó a escapar del sorpresivo ataque y se dirigió a todo galope a las casitas de Panul a avisar a los que ahí estaban. El resto de los jóvenes intentarían escapar también, solo para encontrarse con los caminos atestados de soldados, por lo que a balazos fueron forzados a volver a las casas, donde intentaron hacer resistencia con algunas pocas carabinas que tenían. Durante el tiroteo varios jóvenes serían heridos, el resto intentó escapar por los huertos, pero al saltar un muro caerían presos inmediatamente. 

Undurraga y Bianchi sacarían de sus abrigos un rollo de billetes y comprarían con eso su libertad, junto con doce o quince compañeros, para retroceder luego a las casas de Panul. Intentando salir por el costado de las casas, un grupo no tuvo la misma suerte, encontrándose de frente con Alejo San Martín quien grita: 

“¡Fuego! Descuartizar á los futres canallas.”

Con la primera descarga caen seis u ocho jóvenes. Los que no alcanzaron a salir de la casa entendieron que debían abrirse paso “a viva fuerza” y disparando con revolver lograron algunos pasar y dirigirse a Panul. En el sector de las casas de Lo Cañas, durante el primer ataque quedarían cinco o seis heridos y otros diez o doce muertos.

Hasta ahí todo parecía un enfrentamiento armado entre dos fuerzas, pese a que la resistencia era mínima, casi nula, pero aún hacía lógica de un combate de guerrilla. Sin embargo terminado el primer ataque en Lo Cañas, los heridos fueron inmediatamente asesinados a ballonetazos y sablazos, mutilándolos y amontonando los pedazos.

Grabado popular del primer ataque en las casas de Lo Cañas. 
Mientras esto ocurría, Fuenzalida daba aviso a los jóvenes que estaban en Panul, éstos montaron a caballo e intentaron escapar por los senderos poco conocidos de la cordillera, era lo más lógico, pero los baqueanos le habían mostrado al Ejército los caminos ocultos, los cuales estaban todos ocupados por soldados. Los tenían rodeados. Llegando San Martín a las casitas de Panul, encontró a varios jóvenes durmiendo. Entró a la casa y comenzó a dar de hachazos a los que ahí se encontraban.

Los jóvenes ya dispersos por el tupido bosque, intentaron hacer resistencia. Un nuevo intercambio de balas se llevaría a cabo, ahora en las tierras altas del fundo, tratando los jóvenes de romper el círculo de fuerzas enemigas que los envolvía. Varios cayeron muertos, otros heridos de bala, otros tomados prisioneros, y pocos lograron escapar, varios se escondieron entre matorrales o arriba de los árboles, pero la luna llena los delataba alumbrando el bosque como si fuera de día, no había forma de esconderse.

Algunos de ellos intentaron defenderse parapetados en la pequeña casita de adobe, pero no había forma. Si bien tenían rifles y carabinas, las municiones yacían en Lo Cañas, una legua más abajo. Por lo que, salvo algunos revolvers con pocas balas, estaban totalmente desarmados. Varios cayeron muertos dentro de la casita, la cual recibía constantes proyectiles en su frontis.

A eso de las 6 de la mañana comenzaría a cambiar la situación y empezarían los asesinatos más crueles. Si se divisaba a un joven intentando arrancar, se ordenaba fuera arremetido por la caballería y hacerle descargas cerradas, caía hecho pedazos, mutilado ya por las balas era rematado a sablazos y acribillado en el suelo.

Comenzó una cacería por el bosque. Los soldados recorrieron cuanto terreno pudieron cuando ya empezaba a asomar los primeros rayos del sol. Realizaban descargas a diestra y siniestra por los matorrales y los árboles, por si había allí escondido un conspirador. Así es cómo quedaron algunos cadáveres colgados de los árboles, al ser alcanzados por certeros disparos; o agonizantes intentando no hacer ruido alguno para no ser descubiertos.

Prisioneros y Torturados

A las 10 de la mañana recién terminarían las continuas balaceras. Los soldados comenzaron a recoger a los heridos esparcidos por el bosque y los transportaron a la pequeña casita de adobe de Panul. Juntaron a los heridos con los jóvenes y artesanos que habían sido capturados para que San Martín y otros oficiales hicieran la lista de los prisioneros. Los artesanos fueron separados de los jóvenes aristócratas, y éstos últimos fueron reunidos con los heridos. Se los llevaron hasta una plantación de álamos que había en el deslinde norte del lugarcito llamado Panul.

Amarrados de los árboles, los soldados golpearon incesantemente a los prisioneros, cortándoles partes del cuerpo como la lengua, las orejas o el pene, aún estando vivos. Fueron sometidos a torturas inimaginables, sólo por la diversión y sadismo de los soldados ya que ni si quiera un interrogatorio fue realizado. Sólo para poder jugar un poco más con sus presas, a algunos prisioneros les ofrecieron agua de la vertiente cercana, para así tratar de mantenerlos vivos más tiempo. Una vez saciada su sed de violencia y justo antes de que pudieran morir por el desangramiento y el dolor, fueron fusilados.

Grabado popular de los fusilamientos en los álamos de Panul.
La barbarie no se detendría ahí, a los recién fusilados, como a otros ya muertos, se les despojaría de sus ropas, dejándolos completamente desnudo, quedándose los soldados con las pertenencias de valor. Mientras esto ocurría, seguían llegando detenidos que habían encontrado en los matorrales. Los traían arrastrando amarrados a los caballos. Una vez más se abalanzarían sobre ellos hasta molerlos a sablazos y hachazos.

Las Hogueras y Otras Barbaries

Tanto en Panul como en Lo Cañas, serían saqueadas las casas del fundo, llevándose todo lo que fuera de valor, para luego ser quemadas. Sería el mismo San Martín el que incendiaría las casas de Lo Cañas. 

En Panul quemaron la pequeña casita de adobe, los establos y las barracas, quedando la casa de piedra casi intacta. El fuego se extendería por el bosque y duraría un par de días ardiendo, sólo siendo apagado por una lluvia.

En Lo Cañas el saqueo fue tal, que tuvieron que llevarse el botín en carretones. Luego quemarían todas las casas del fundo, a excepción de la pequeña capilla por ser un símbolo religioso. El resto ardería sin control. El descontrol del saqueo los llevó a abrir la bodega de vinos del fundo, que se ubicaba un poco más al fondo, al norte de las casas de los inquilinos y un poco más arriba de los huertos. Ahí los soldados procedieron a emborracharse en agua ardiente y vino, lo que los llevó a ser mucho más descontrolados en su locura de destrucción total. 

Bodega de Vinos de Lo Cañas, fue saqueada y quemada durante el ataque. Aún sigue en pié.
Mientras el alcohol comenzaba a fluir por sus venas, San Martín mandó a buscar a todas las mujeres del fundo, las cuales a punta de culatazos fueron traídas al lugar, solo para ser maltratadas y violadas de la manera más salvaje. Haciendo fila para turnarse a las más hermosas, y golpeando incesantemente a las que consideraban menos atractivas.

Capilla original de Lo Cañas. Fue el único edificio que no quemaron, sin embargo se derrumbó durante el terremoto de 1985 y ya no existe. Imagen publicada originalmente en el diario La Tercera en 1998 y sustraida de Urbatorivm.
A eso de las 3 de la tarde, aprovecharían las grandes hogueras para quemar algunos cadáveres. Reunieron las partes de cuerpos que encontraron y los amontonaron, les lanzaron tablas y ramas encima y los rociaron con parafina. Si había algún agonizante aún con ganas de vivir, ese sería su real fin. Las columnas de humo que se arremolinaban con el viento, se podían ver desde Santiago.

El Consejo de Guerra

A eso de las 4 de la tarde del 19 de Agosto, a los últimos prisioneros que aún quedaban los llevarían a Santiago para enfrentar un juicio. Siempre se menciona que eran ocho los prisioneros, aunque otros relatos hablan de otros veinte no identificados, que bien podrían ser artesanos o campesinos del lugar. Entre los prisioneros se encontraba el ya mencionado Wenceslao Aránguiz, administrador del fundo quien no quería participar del complot ni hizo parte de la resistencia. San Martín le prometió previamente a él y a Arturo Vial, les perdonaría la vida si entregaban toda la plata. Reunieron 15 mil pesos y varias alhajas, San Martín hasta ese momento no los tocó.

Alejo Antonio San Martín Astorga, Comandante del Regiemiento de Guardias Nacionales de Santiago.
Como a las 5 de la tarde, San Martín, sus comandados y los prisioneros, se detuvieron a mitad de camino, cuando estaban por cruzar el Zanjón de la Aguada. Habían recibido un mensaje del General Orozimbo Barbosa, haciendo entender que no quería tener prisioneros que atestiguaran lo ocurrido en Lo Cañas y que “se cumpliera lo que de antemano se había ordenado”. Dictó que los devolvieran al lugar de la masacre ya que había determinado que se hiciese un Consejo de Guerra.

Cuando anochecía en los faldeos cordilleranos, volvían entre ocho y doce prisioneros, solo los reconocidos de familias importantes. El resto, artesanos y campesinos, fueron liberados en el camino, no sin antes propinarles una golpiza para evitar que hablaran.

Allí en las casas quemadas y entre los restos calcinados de los previamente asesinados, se conformó el Consejo de Guerra. El Tribunal Militar estaría compuesto por José Ramón Vidaurre, Manuel Emilio Arís, Arturo Rivas y el cirujano Eduardo Estévez, y sería presidido por Vidaurre.

Durante largas horas tomaron declaraciones de los prisioneros. Uno por uno fueron pasando y los maltrataron, no tan brutalmente como a los fusilados en Panul, pero si fueron bien golpeados para que confesasen quienes eran sus jefes y dónde estaba el señor Carlos Walker.

Según cuentan algunos relatos, aunque difíciles de confirmar, Vidaurre sostuvo que no debían fusilarse los prisioneros, que no opusieron resistencia y que eran inocentes. Enviaron un mensajero al presidente Balmaceda, proponiéndole dejarlos en custodia en Santiago y que pronto le harían llegar la lista de los prisioneros, a lo que Balmaceda respondería “que en el momento se fusilaran, que no quería saber quiénes eran, que después sabría.” 

Cierto o no, dejaron pasar la noche y durante la mañana del día 20 de Agosto, en Tribunal Militar ordenó fusilar a los últimos prisioneros.

Los Últimos Asesinatos

Ahora ya con la orden de ser asesinados, comenzaron a torturar más brutalmente a los prisioneros, insistiendo en saber el paradero de Carlos Walker Martinez.

Don Wenceslao Aránguiz, quien tuviera un trato con San Martín, fue el más maltratado de todos. Fue sometido a los peores suplicios. Se le amarró a un árbol y comenzaron a darle sablazos. Se le dieron 200 azotes, pero insistió en responder que nada sabía del paradero de su patrón. La negativa hizo enfurecer a los soldados, quienes le quebraron las piernas y lo rociaron con parafina para quemarlo lentamente. Con todo el dolor, Aránguiz gritaba que lo mataran de una vez y comenzó a darse de cabezazos contra el árbol para desmayarse o morir. Pasaron tres cuartos de hora de tortura para que recién pudiera encontrar su muerte.

Terminada la tortura, los que quedaron vivos fueron vendados y arrastrados hacia un costado del bodegón de Lo Cañas. En la pared que daba al norte fueron enfilados. Gritaban todos que querían un sacerdote para confesarse, a lo que les respondieron:

“No lo necesitan, mueran como buenos soldados”

Y en el acto fueron fusilados. Tres de ellos quedaron vivos tras la descarga e intentaron ponerse de pié, pero fueron rápidamente ultimados a balazos y luego azotados con espadas y hachas. Algunos cuerpos ya muertos eran cortados por la mitad y amarrados con cuerdas a los árboles en una crucifixión improvisada de medio cadáver al cual le arrojaban de todo. Algunas cabezas cercenadas eran puestas sobre las pircas y ahí les picaban los ojos con las bayonetas, les cortaban la lengua, las orejas y la nariz.
Oleo de Enrique Lynch que retrata los fusilamientos del 20 de Agosto en la bodega de Lo Cañas.
Luego fueron reunidos nuevamente los cadáveres para quemarlos. Los rociaron en parafina, les echaron encima pasto seco, ramas de espino y algunas tablas de álamo, para formar una nueva hoguera. El paisaje era horrible, mientras se consumían los cuerpos en el fuego y los cartuchos de bala explotaban en la hoguera y en las casas aún ardían, se podía ver un cráneo dividido en dos partes con los sesos vaciados y el cuero cabelludo colgándole. Alrededor, piernas y brazos cortados. En la pared, salpicaduras de cerebros y sangre oscura. Ojos arrancados de sus órbitas y una lengua arrancada de raíz que chisporroteaba tostándose sobre unas brasas.

El Destino de los Cuerpos

Así terminaba, durante la mañana del 20 de Agosto, la llamada Matanza de Lo Cañas, en la que se contabilizan 84 víctimas fatales, sólo de los montoneros, pero que seguramente fueron muchas más entre campesinos y artesanos, sumado a las mujeres violentadas.

No hay registro alguno de un solo balazo certero en algún soldado del Ejército Oficial, ningún herido, ni mucho menos un muerto.

Algunos familiares fueron durante ese día a los cuarteles del ejército con la intención de recuperar los cuerpos de sus hermanos, hijos y padres, obteniendo humillantes respuestas:

“Es inútil pedir permiso para traer los cadáveres: los montoneros no tienen sepultura; mueren como los perros.”

Los cuerpos calcinados fueron cargados en cinco carretones y llevados a Santiago donde serían sepultados en una fosa común en el Cementerio General de Recoleta. Sin embargo, el sádico General Barbosa ordenó que fueran llevados a la morgue para que sus familiares pudieran reconocerlos, sabiendo en el estado de calcinación y mutilación en que se encontraban y con la sola intención de causar un trauma en los familiares.

Finalmente los cuerpos que si pudieron ser identificados se enterraron particularmente, el resto se les puso en una fosa especial y posteriormente, en 1896, se colocaron en una cripta bajo un monumento en su honor en el Cementerio General.

Monumento "Pro Patria" en el Cementerio General. Imágen publicada en Urbatorivm.
Otros cuerpos quedaron tirados durante días en el bosque, siendo recolectados por los campesinos del sector y enterrados cercano a las casitas de Panul. Cubiertos con grandes peñascos para evitar que fueran descubierto por los militares que aún rondaban la zona. Se dice que dichos cuerpos se encuentran sobre la loma de vigilancia, aunque es más probable que estén más abajo, aunque nunca se ha hecho una investigación arqueológica al respecto.

Memoriales

Lamentablemente, el actuar de los militares durante la Matanza de Lo Cañas no es para nada un hecho aislado, pues años antes lo mismo habría ocurrido durante la ocupación chilena en varias ciudades peruanas: Torturas, Saqueos, Violaciones y Asesinatos. Crímenes de guerra que nuestro ejército está acostumbrado a cometer, sobre todo contra su propio pueblo, pues el abuso de poder está en sus doctrinas y lamentablemente, la Matanza de Lo Cañas no sería la última perpetrada por los valientes soldados en la historia de Chile.

Por otra parte, pese a que nunca se ha hecho hincapié de eso en la historia, parte de las responsabilidad de las muertes debiese recaer en Carlos Walker Martinez y los miembros del Comité Revolucionario, pues mandaron a un grupo de inexpertos, sin entrenamiento y sin armamento suficiente, a realizar una tarea casi imposible, sabiendo los riesgos que se correrían y que además era innecesaria pues la operación posterior en Concón fue un éxito pese a no destruirse los puentes.

Independiente de los bandos y la postura política sobre la Guerra Civil de 1891,  es necesario repasar los hechos ocurridos en Lo Cañas y Panul, para no olvidarlos, para que nunca más vuelvan a ocurrir. Es por esto que los implicados, sobrevivientes y testigos se organizaron en los años siguientes para rendirles homenaje a los deudos.

En Lo Cañas, junto a la bodega de vinos, se erigieron días más tarde un par de cruces de madera, bendecidas por los curas del sector.Aunque las cruces ya no existen, la bodega aún sigue ahí, con agujeros de bala en su costado norte. Sin embargo ya no se puede acceder a ella ya que hace algunos años enrejaron el lugar.

Muro de la bodega de Lo Cañas donde fueron fusilados los últimos 8 prisioneros. Imagen de Google Street View del año 2014 en angulo similar al cuadro de Enrique Lynch.
Más adelante se instalaría la famosa Cruz del Fundo Panul, aquella formada de Hierro, instalada sobre lo que podría ser la tumba de algunos asesinados y que recuerda la fecha “AGOSTO 19 DE 1891”. Está instalada sobre unos peldaños de concreto que en la actualidad están derruidos por el paso del tiempo y a su al rededor crece un Palqui, un Colliguay  y un Espino.

Cruz de Metal en el sitio de los asesinatos en Panul. Imagen de Agosto del 2017.
Sobre la colina que se encuentra al sur de las casas, que sirvió de lugar de vigilancia para los montoneros, se erigió una gran cruz blanca de madera, con la intensión de señalar en la distancia a los visitantes de dónde se encontraba el lugar. Efectivamente puede ser vista desde distintos puntos de la actual precordillera floridana.

Cruz de Madera en la Colina cercana al sitio de Panul. Imagen de Septiembre del 2016.
Actualmente, de las casitas de Panul sólo queda una hecha de piedra, y la muralla frontal de la pequeña casita donde fueron asesinados, la cual aún muestra agujeros de bala. Además de las pircas originales que delimitaban el sector.

Muralla frontal de la casita de vaquero de Panul. Imagen de Agosto de 2017.
Mientras que en Lo Cañas ha cambiado mucho la fisionomía del lugar, pero algunas de las casas aún existen, restauradas por supuesto después del fuego. Una de esas casas es ahora la Escuela de Lo Cañas. También está intacta la bodega de vinos donde fueron fusilados los últimos ocho prisioneros.

Finalmente, como ya mencionamos, en 1896 se erigió el monumento “PRO PATRIA” del Cementerio General, en el Patio 38 en el cruce de las calles Dávila y Cipreses.

Monumento Nacional

Durante más de un siglo esta historia ha sido olvidada, reconocida sólo por pocos arraigados al territorio o historiadores. Es de esperar que los lugares donde ocurrieron estos hechos se convertirían rápidamente en santuarios, pero no fue así sino hasta hace poco.

A mediados del año 2015 el Consejo de Monumentos Nacionales aprobó la declaratoria de Monumento Nacional el “Sitio donde ocurrió la matanza de Lo Cañas”. Pese a lo buena que pueda sonar la noticia, el CMN y el Senador que hizo las gestiones para declararlo, estaban profundamente errados en cuanto al lugar y sus características, demostrando nunca haber estado en terreno.

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Como se aprecia en el mapa, el polígono de 5,28 hectáreas, protege un conjunto de viviendas que comenzaron a construirse el 2009 (y que, dígase de paso, han depredado ilegalmente el bosque nativo) y sólo incluye, en un “sacado”, el lugar de la Cruz de Metal y la Muralla de Adobe. 

Este polígono deja a fuera la casa de piedra, las pircas que rodean el antiguo sector de panul, la vertiente, la colina que sirvió de puesto de vigilancia y la cruz de madera que ahí se erigió.

Así mismo, no se incluye ninguno de los edificios del sector de Lo Cañas, ni la Bodega de Vinos, ni la Escuela de Lo Cañas, ni las casas que aún quedan.

Es lamentable que las autoridades no respeten la historia como para hacer una mínima investigación antes de tomar medidas como esta. Tampoco se respeta el bosque en sí y la naturaleza que alberga, que gracias a la presión ciudadana se ha mantenido igual que hace 126 años, pero que aún peligra pues ninguna autoridad ha querido protegerlo.

Es esta la oportunidad de remediar las cosas, esperamos que esta publicación aporte a convertir el Bosque Panul en un Santuario Natural, en un Parque para la comunidad y proteger como Monumento los verdaderos lugares. Quizás se puede ahí instalar un pequeño museo, para proteger así los restos y no olvidar la historia.

El Bosque Panul es más que el último bosque nativo de Santiago, es también el escenario de un hecho importantísimo de la historia de Chile y es urgente conservarlo para la posteridad.